Conectemos acontecimientos que no tienen relación.
Estoy acostado en mi cama y mirando al frente, me detengo en las 10 botellas de Absolut de distintos sabores, ordenadas y colocadas en relación a 3 criterios: 1. contraste por color; 2. importancia por el evento que conmemoran (la de mi cumpleaños está en el centro); 3 riesgo de caída más la necesidad de evitar tener que conseguir algunas de nuevo y, por ende, soportar de nuevo algunos sabores, así Peppar y Mango son las que más debo cuidar y creo que varias personas estarían de acuerdo. Las botellas son importantes, todas tienen una marca: la fecha en que fueron destapadas y vaciadas por supuesto. Cada botella cuenta una historia, mis historias preferidas en código: Apeach y Mandrin. Debería tener 11 pero Kurant era una botella de litro y eso, como puede imaginarse a partir de referencias líneas arriba, afectaba la estética y, además, no hubiese querido atrofiar, por ejemplo, este momento contemplativo con una tapa plateada que sobresaliera y dañara la simetría lograda. (malditas obsesiones)
Las historias de las botellas podrían armar el drama digno de una serie televisiva, en la que varios sujetos bastante particulares enredan sus vidas tratando precisamente de vivirlas. De esta manera, ciertas botellas me acuerdan de personas particulares, algunas no relevantes en el desarrollo de esta trama juvenil, universitaria y hay que decirlo alcohólica. Cabe anotar que la trama alcohólica no es de sujetos alcohólicos, digamos más bien que los sujetos han tenido temporadas en las que el licor acompaña noches de aburrimiento, euforia y/o despecho; noches conmemorativas y noches solas, no de soledad, sino noches en las que no se toma por nada, sólo se toma. (eso no fue un comentario alcohólico)
Está colección nació de los acercamientos al vodka, en presentaciones no tan afamadas como el Absolut, hablo del criollo Monteskaya, el inolvidable Plavov (Raúl siempre dice Plavoski), la rememorada Katuyskaya (:S) y el más decente Smirnoff Sandía (lo habrán descontinuado o aquel que bebimos fue patentado en territorios cercanos y poco confiables). En fin, varias fotos en fb sirvieron de antojo para luego institucionalizar el reto Absolut que empezó con un muy buen ritmo y que fue decayendo, en la medida que la responsabilidad permeó nuestros días. Compañeros infantables de estas botellas, otras... morenas y habituales y aquellos tragos coloridos que dan felicidad momentánea.
Momento contemplativo previo al presente...
Botellas de Absolut llenas, incrustadas en una pared y adornadas con luces que explotan sus atractivos. Otro escenario, no planeado... y un error inicial: la búsqueda no propicia del efecto psicodélico del licor. Sí, las cosas cambian y este efecto deja de ser tan conveniente para un grupo de personas que se conoce bien, que se conoce sobrio y ebrio; y que porta sujetos tan diferentes entre sí. No es una excusa, creo que el real problema estuvo en la falta de control y en los problemas recientes con la voluntad. Aunque alguien ausente estaría orgulloso, al parecer, de las hazañas de la noche...
El asunto en definitiva es que las personas no deberían obviar que uno, a pesar de la sonrisa, los monólogos y la euforia nocturna, tiene sus propios móviles para querer actuar irresponsablemente. De esta manera, fue una noche en la que no quise complacer a nadie porque, como ya ha quedado confirmado, este ha sido durante toda mi vida el maldito problema. Agrego, para mí las botellas hablan del espacio que se ha construído y quedaría demostrado que no ha funcionado sólo por capricho mío. Negar la pertenencia a tal espacio es negarse su propia presencia y luego su propia existencia. Seamos cursis: las botellas son testigas de lazos entre muchas personas así los creadores del impulso que generó esta colección seamos sólo tres.
Amigo Absolut 100, tengo un espacio para ti, pero no me vas a dar guayabo porque mi deseo es que tomemos tantos que no rendirás. Compañía que te hace responsable. Grow up!