Empezaban muy temprano cuando la luz se filtraba por la vieja ventana. Cada noche quería que la luz natural me despertara, me sentía extrañamente complacido. Pocas clases, ninguna temprano pero madrugaba por gusto... Quizá queriendo recordar otras mañanas... Quizá simplemente deseando volver a ser su aliado pues la soledad de las tempranas horas siempre fue un rasgo de mi infancia. Amaba madrugar y estar solo.
Después del baño, de vestirme, de comer lo de siempre caminaba ligeramente por el camino poco práctico que desde hace mucho elegí para llegar a la universidad. Y llegaba a la plazoleta a tomar café... Un expresso con poca azúcar... Me llené de mitades de paqueticos de azúcar, de regueros en los bolsillos. Pedía el café y en este mismo lugar desde el que escribo, intentaba tomarlo pero me detenía un instante para apreciar el aroma... Era mi ritual, mi comienzo, mi demarcada felicidad. Adoraba la tranquilidad de la plazoleta en aquellos días, apreciaba que las personas fueran pocas...
Sí, perdí aquellos días...
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